Cuando una pareja tenía problemas para engendrar, las abuelas recomendaban una temporada en la playa o en las montañas, unas vacaciones para desconectarse de los problemas, del estrés del trabajo y los conflictos cotidianos. La idea era que con más de calma y menos nervios, el tan esperado embarazo llegaría. Todavía sigue funcionando este consejo de las abuelas, pero lo cierto es que en muchas ocasiones no es suficiente y se requiere algo más que unos días junto al mar para quedar embarazada.
Pero las vacaciones son una buena oportunidad para intentar embarazos mediante técnicas artificiales y muchas parejas eligen los meses de verano para encarar el tratamiento de reproducción asistida que les haya recomendado su médico. Por lo general, estos tratamientos llevan un tiempo y es necesario que la pareja tenga la predisposición y disponibilidad para llevarlos adelante. Ahí es cuando las vacaciones se tranforman en el momento ideal: hay más tiempo, no hay que dar explicaciones ni pedir permiso en el trabajo. Y funciona, también, aquel consejo de las abuelas: estamos más predispuestos al tratamiento porque se disipa el estrés laboral.
La tendencia va en aumento entre los españoles y entre los extranjeros principalmente italianos, ingleses y franceses que aprovechan para practicar el turismo reproductivo, es decir combinar una visita al país con los tratamientos de fertilidad. España es el paraíso del turismo reproductivo, tanto por la afamada reputación de algunos de sus centros como por la legislación en materia de reproducción asistida, mucho más conveniente que en otros países europeos.
El económico es otro factor de influencia en la elección ya que el dinero que iba destinado a las vacaciones, algunas parejas deciden usarlo para el tratamiento de fertilidad que puede rondar entre los 600 y los 4.500 euros.
De ahí que el verano sea ideal para relajarse, broncearse y procrear.